¿Habrán guizos este año? ¿Y el año que viene? [1]

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Latin Percussion

Ensayo en dos partes [primera parte]

Preambulo y Tesis

Muchos músicos en el area de Nueva York (y me imagino en otras partes también) se estarán preguntando: ¿Que está pasando con la música bailable en general? Creo que en su gran mayoría se refieren básicamente a la música cubana o tropical, denominada también como la salsa. Claramente, esta última pandémia le ha afectado el trabajo a muchos, de eso no hay dudas. Pero no obstante el COVID-19, el asunto va más allá de eso. 

¿Será que todo tiene su momento y algo nuevo tiene que sustituirlo? Buena pregunta y con mucha lógica. La respuesta es YES! Los tiempos cambian y así los gustos de las nuevas generaciones van cambiando también. Pero de nuevo, me hago eco de los que muchos están pensando y diciendo, incluso mientras Uds. leen mis palabras: ¿Estaremos viviendo el final de la música con que nos criamos? ¿Seria lógico pensarlo así? 

Soy optimista primero y realista a la vez. Y por eso es que siempre le veo una solución a todo. Sería bueno examinar retrospectivamente este fenómeno. 

¿Cuales son los problemas que nos turban? Primero, vamos a rebobinar las maniguetas del reloj y así mirar una vez más este desconcertante problema; compartir nuestras ideas en conjunto y así quizás llegar a ciertas conclusiones; solucionar, si es posible, plantear como hipótesis, si así lo quieren, verlo todo con un lente gran angular, aunque no solo desde la perspectiva proverbial e histórica, sino también desde nuestro propio punto de vista. 

Precedentes

Tendríamos entonces que auto-examinar nuestro dilema individual y colectivo y divider el problema en dos partes. Primero están lo sucesos; aquello que ha sido documentado y qué invariablemente ha sido aceptado como un hecho. Sin dictar ningún juicio, echemos un vistazo a dos logros tecnológicos aparentemente importantes. En orden de su aparición tenemos primero a los DJ’s (disc jockeys), o deejays, seguidos por la máquina de karaoke.

Para la mayoría de los músicos, el deejay ha sido un mal necesario. En Los Estados Unidos, hicieron su aparición en Filadelfia y Nueva York durante la década de los ’60 y a principios de 1970. Anteriormente, los salones de baile contrataban dos, tres y hasta cuatro orquestas “en vivo” que alternaban toda la noche. El efecto era previsible y no había necesidad de contratar ningún deejay. Algunos locales pequeños o clubes sociales aún conservaban la famosa victrola, o beyonera, pero esta se usaba mayormente cuando solamente había una orquesta contratada. Con el tiempo esas relíquias desaparecieron por completo. Ya para la mitad de la década se habían establecido algunos deejays como “fijos” en los salones más populares, como Casablanca, La Maganete, El Corso y Ochentas. 

A finales de la década del ’70, la mayoría de las principales ciudades de Los Estados Unidos ya tenían varias discotecas (discotheques), y los deejays “mezclaban” discos de géneros variados en locales que habían sido moldeados a la imagen de Studio 54 en Nueva York, un lugar popular entre las celebridades de la farándula norteamericana.

Para aquel tiempo, no era raro ver este tipo de anglo-elitísmo reflejado en la comunidad hispana. Los productores “latinos”, junto a sus homólogos en el area de promoción, estrategas de mercadería y agencias de publicidad, tradicionalmente le habían caído atrás a los norteamericanos en cuanto a las modas, la industria cinematográfica, los programas de radio y de televisión, y creo que hasta en el ambiente nocturno/bailable se asimilaron y se adhirieron a el “status quo” cosmopolita. Sin perder un latido, las agencias de Park Avenue habían comenzado a satisfacer a los barrios de la comunidad hispano-americana. Por supuesto, que no siempre fue así. 

La excepción sería durante la primera mitad del siglo, cuando los emigrantes recién-llegados organizaban fiestas netamente hispanas, apartados de la población en general. Fue una generación que se aferró a sus raíces, muy alejada del proceso de americanización. Hablaban el español solamente y conservaban intacta su cultura del viejo mundo. Como en su tierra natal, bailaban al son de los ritmos iberos y caribeños. La publicidad se hacía principalmente de boca en boca (radio bemba), aunque los folletos impresos se encontraban en prácticamente todos los establecimientos de habla hispana. Esta sociedad se había formado de varios grupos diversos, en su mayoría marginados, considerados como una “comunidad dentro de una comunidad”. Dentro de poco tiempo fueron llenando los cinco distritos de la ciudad. Durante la década de los ’60 sólo había una agencia que servía como enlace entre la sociedad hispana, los clubes y la prensa, la radio y la televisión. Era Merosa Advertising, ubicada en la calle 57 y Séptima Avenida. 

El pegamento que nos mantuvo unidos

El idioma común, la cultura, comidas típicas, música romántica, baile alegre y con sabor a paraíso fueron las principales razones por la cual se formaron ciertas comunidades en Nueva York, no obstante el prejuicio que había durante esa época en contra de cualquier emigrante. Al nacer y criarse la segunda generación en un ambiente “americano” – hostil pero libre – se produjo una subcultura, que no era ni española ni anglosajona. Esta segunda generación se relacionó muy bien con la población afroamericana que invariablemente le llegó a dar otra dimensión a esa subcultura. Esto contrastó bruscamente con otras vecindades, en donde se veía claramente la influencia italiana y judía. Sin embargo, estas dos etnias se enamoraron de la música iberoamericana y con el tiempo la incorporaron en sus fiestas junto a sus propias géneros. 

Después de la segunda guerra mundial se manifestó cierta afinidad entre las varias comunidades de color, debido principalmente a la musicalidad que los ligaba. El mambo dio camino al cha cha chá, el merengue y el calypso pusieron su granito de arena, el son montuno se convirtió primero en pachanga y luego en boogaloo y por último se prodújo el fenómeno denominado “disco” (1974-1977).

Dancing in New York

Nuevos perímetros

Fue durante el apogéo de la música “disco” que los deejays cogieron su mayor impulso. A partir de esa década, las orquestas y los deejays trabajaban mano a mano para entretener a la multitud. Al principio no hubo competencia, pero a partir de la década del ’90 el deejay ya se había apoderado del ambiente nocturno, convirtiéndose en el rey de las discotecas de baile. Los papeles fueron inevitablemente cambiados dentro del ámbito bailable, las orquestas ahora eran secundarias, con pocas excepciones. Las más grandes se convirtieron en conjuntos y septetos y con pesar se notó que hasta la orquestas tipo charanga había desaparecido de las tarimas. A menudo veíamos como hasta los grupos de más fama y prestigio se habían relegado a las salas de conciertos. ¡Que desaliento al verse sentado en un auditorio y no poder bailar al son de El Gran Combo, Machito o Eddie Palmieri! Y en eso llegó a la fiesta la maquinita de “karaoke”.

La máquina de estilo karaoke fue desarrollada en el Japón, por un ingeniero de nombre Shigeichi Negishi. Este dirigía un negocio de montaje de sistemas de audio para automóviles en Tokío. Hizo el primer prototipo en 1967 y en solo 3 años otro japonés, Toshiharu Yamashita, quien era maestro de solfeo, vendió una plataforma de reproducción de ocho pistas y puso en marcha la tendencia del karaoke. Sin embargo, a esas alturas, las orquestas que ofrecían música bailable siguieron su agitado pulso y no se detuvieron por nada frente a ese nuevo invento. Es más, lo trataron con pura indiferencia. 

Sin lugar a dudas, la época de los ’70 fue la más fructífera para el ambiente nocturno de Nueva York. Había trabajo de sobra, el músico “latino” grababa por el día y tocaba de noche. Las Estrellas de Fania hicieron su segunda presentación en el club Cheetah el 26 de agosto del 1971 y su catálogo de música se expandió exponencialmente. La competencia era feroz y las demás compañias de disco también tuvieron su época de grandes ventas. Todas las semanas se formaba una nueva agrupación y por ende los disqueros la contrataban para grabar. Era un verdadero “boom”. Se montaban giras por todo el país, y viajaban ademas por toda Europa, Africa, Centro y Sur America. Figuradamente, ésta era la década que nos pertenecía a nosotros. Los magnates nos habían convertido en super estrellas. En fin, todo lo que fuera de origen “latino” estaba de moda. Es curioso, pero el dueño del titular de la patente de la maquina karaoke se llama Roberto del Rosario, quien obviamente no es un japonés. Éste filipino fue quien desarrolló el Sing Along System (sistema de cantar) en 1975, poniendo en camino la ruina de la industria disquera y posteriormente el ambiente de baile. 

Para ese mismo tiempo, empezaron los grandes conciertos en Madison Square Garden, y el mundo de la música bailable dió un giro de 180 grados. Productores, promotores, publicistas, músicos y directores de orquesta quedaron extáticos, contentísimos por las ganancias y el nivel de euforia que las masas le prestaban a su elenco de artistas. No obstante, el bailador también lo disfrutó, porque aún podía ir a bailar a los miles de clubes que funcionaban en los cinco condados. En sí, no hubo competencia entre los clubes y los promotores de conciertos, pero sucedió algo extraño, los directores de orquesta empezaron a ver la luz y demandaron que se les pagara más dinero en los clubes. De repente ya no se veían tres y cuatro orquestas. Inevitablemente, el costo subió, en general. Primero se veían dos y tres orquestas, luego solamente dos. En un momento oportuno (y nadie sabe cuándo sucedió eso en realidad), solo se veía una orquesta en el escenario, junto a el dichoso deejay, muerto de la risa. Digno de mención es el hecho de que este solamente usaba dos platos (turntables), y tenia que traer una maleta o dos llena de discos. Eso, como se imaginan, tendría su final. Entra en escena la famosa computadora portátil. Era solamente cuestión de cuando, y no como.

Pero cuándo empezó la cosa a chivarse?

A partir del 1980, y después del desarrollo del Laser Disc, la empresa Pioneer comenzó a ofrecer máquinas de video karaoke, capaces de mostrar letras sobre un video musical, además de la funcionalidad de audio existente. De repente, personajes sin ningún tipo de credenciales y sin formación formal en música se habían convertidos en músicos y en artistas. Irónicamente, y con el tiempo, tanto los músicos como los deejays teníamos que ponernos viejo, mientras la maquinita de karaoke solo se reemplazaba cuando ya no servia más.

La década de los ’90 marcó una nueva era en el proceso tecnológico y en el mundo de la farándula. Recuerdo que para ese tiempo había un refrán que corría: “there’s room for everyone (hay espacio para todos)”. Como era de esperar, la metropolis siguió con su acelerado pulso. Las cintas en cassette desaparecieron, el disco vinilo también hizo su salida. Entraron los discos compactos, los programas televisados de aficionados y para colmo en la radio comercial ya no se oían locutores profesionales, sino tipos vulgares que ni siquiera sabían expresarse como tal. Curioso, pero para la gran mayoría de músicos y orquestas, simplemente no había pasado nada. Seguían las tandas musicales y los super-deejays rellenando con los mas recientes “hits” radiales. Como todavía guisaban regularmente, los músicos del patio se sentían bien chévere; “pa’lante como el elefante” decía otro refrán. Algunos hasta se convirtieron en empresarios o productores.

El nuevo milenio y la nueva ola musical (o no musical)

Ahora los directores de orquesta y los solistas vendían sus discos en los locales en donde tocaban y no tenían que fajarse con las editoras para que les pagaran sus regalías. Poco a poco y sin que nadie se diera cuenta, muchas compañías disqueras se irían a la quiebra. Hasta la calle en donde se ubicaban los distribuidores de disco, la famosísima Décima Avenida, se veía cada vez más desolada. La desaparición física de grandes promotores como Ralph Mercado y el cierre de los mejores y más antiguos clubes fueron hechos que solo algunos notaron. Y conste, ya estaba en camino la primer crisis económica del siglo. 

Dancing in New York

Apaguen el ventilador, que se va a poner fea la cosa

Por el momento parecía que se había conservado la vida nocturna de Nueva York, aunque no como en otros tiempos. Después del gran éxito del Buena Vista Social Club en Nueva York para el día primero de julio del 1998 hubo un breve renacimiento de música típica cubana, pero nadie se dió cuenta que estas nuevas estrellas solo tocaban en conciertos. En el 1996 estallaron también Los Van Van, con un sonido explosivo, llenando teatros en que nadie bailaba. ¿Como? Surgieron de nuevo los conjuntos de antaño y algunos de ellos se podían apreciar en el ambiente bailable de lugares como SOB’s. Ahi sí que se bailaba, pero ya para ese tiempo se podían contar los clubes con los dedos de una mano.

Entrando en el 2003, varias compañías habían comenzado a ofrecer un servicio de karaoke en teléfonos móviles, utilizando un MIDlet Java que se ejecuta con un archivo de texto que contiene las palabras y un archivo MIDI con la música. Y ahí fue que se cayó el caballo y se jodió la bicicleta.

Me asómbro cuando miro todo esto en retrospectiva. Quién iba a pensar, que a una maquinita inmóvil le tomaría solamente unas tres décadas para destruir lo que se había desarrollado en esta ciudad desde los tiempos del ñañaceré. 

Para nosotros los que vivimos esa época (y que aún estamos activos), los cambios llegaron lentamente, hasta que entramos en el Siglo Veintiuno, cuando el proceso se aceleró. El público bailador, aquel que siempre apoyó la buena música, se empezó a mudar para otras partes y en poco tiempo le estábamos tocando a una nueva generación que – si decimos la verdad – no sabían bailar. Nos causó risa cuando entraron los “maestros” de baile para darle clases de 1,2,3,4, etc. Imagínate una orquesta de músicos que tocan para bailadores implacables y que de repente tengan que esperar a que el público aprenda a bailar. Por otra parte nos encontramos en guerra contra ciertos dueños de clubes, personas muy contrarias a los dueños anteriores, cuya sola misión era brindarle al publico buena música bailable… punto. Los nuevos “gerentes” eran como una especie sin ética (algunos hasta sin escrúpulos) que desconocían por completo lo que era buena música, y que de colmo estaban bajo la impresión que nosotros teníamos que garantizarles un público. En resumen, que nosotros los músicos teníamos que hacerle la promoción a ellos. Las tablas se habían volteado y los papeles se habían invertido. Tres Patines lo dijo mejor que nadie: “cosa ma’ grande ‘e la vida chico”!

Con la crisis económica del 2008, se le abrieron las puertas al karaoke y a los nuevos compu-deejays, y las grandes orquestas de los 70’s y 80’s se extinguieron. Los deejays comenzaron a hacer sus “remixes” y se creyeron que eran músicos, compositores, arreglistas y artístas a la vez. Nunca tuvieron el sentido común de dejar que se terminara el tema o que un tema en tono mayor no se mezclara con un tema en tono menor. Hacían cosas en sus “mixes” que solo se le ocurrían a una persona sorda.

Agrupaciones de primera talla se vieron obligadas a competir con los deejays, pero todo fue en vano. Hasta muy poco se acostumbraba ver en una fiesta privada – como por ejemplo en una boda – a una orquesta y un deejay alternando. Ahora ni eso, pues los deejays ya se han convertidos en hacelotodos. Algunos de ellos, que quizas tenían una mentalidad más empresarial, a su vez comenzaron a producirle discos a regatoneros que tenían sus precursores en los pandilleros raperos, y se adueñaron de la radio con payola.  

La música buena no muere, pero su difusión es limitada o ninguna. En pocas palabras, no se puede competir con “mass garbage”. Una prueba de que lo bueno nunca muere fue cuando en medio de todo eso, el guitarrista Ry Cooder vio el éxito que tuvo Andy García con Cachao y se fue a Cuba a darle vida a los otros viejitos olvidados. De pronto, la música cubana de los ’50 se adueñó de todo, aunque fuera por corto tiempo. Lástima, pero aquellos viejitos veteranos que nos deleitaron tanto han fallecido casi todos y lo que se ha producido en Cuba se va muy lejos para ser igualado. Algunos dirán que soy un iluso pero yo tengo fe de que algo permanecerá en lo que se refiere a nuestra música. Sería muy triste que después de tantos años y esfuerzos por tantas personas, sean músicos, intérpretes, compositores o arreglistas, que todo se tíre a la borda simplemente porque los tiempos y los ritmos han cambiado. 

El dilema

Si usted le da basura a la gente, la gente comerá basura. ¿Palabras ásperas, me dices? Siéntate y recapacita. La basura de hoy se hace en una computadora, porque lo bueno cuesta dinero, y como no hay productores que se gasten los billetes; ¿pues qué más se puede esperar? Música sintética es lo que es, y me  siento amable llamándolo música. Para producir buena música se necesitan buenos compositores, arreglistas, músicos capacitados, buen studio de grabación, buenos técnicos-ingenieros… etc, etc. etc. Seria como comparar un hamburger McDonalds con Coke a un Kobe Steak con un buen vino Burgundy. 

Para colmo de males tenemos el otro fenómeno de comprar o “bajar” música por el internet. Esto de “online download” nos ha fusilado aún más. ¿Cuantos músicos o productores independientes tienen cajas llenas de CD que no han podido mover? Sin embargo, a los regatoneros les combiene y más, porque sus gastos son mínimos. La basura producida en ProTools, sin necesidad de contratar a ningún profesional, la puedes regalar y aún le sacas ganancia, mientras que una grabación hecha con todos los hierros no puede sobrevivir vendiendola a $0.99 cada track (online) y cuidado si de ahí recibes $0.50. Todo aquel que ha producido a una orquesta o un buen interprete sabe que no cuesta dos kilítos. Una producción bien hecha se montaría en miles de dólares, y si vendes la mitad de lo que produces, pues vas en coche. 

Resumen

¿Cómo se puede recuperar lo invertido regalando el producto? Pruébalo, y puede que no te guste. En la segunda parte de este ensayo hablaremos del problemita que nos turba…

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